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 Naxos: no hay mal que por bien no venga

 

Nunca había oído hablar de Naxos. Viajamos desde Mykonos a Santorini en un ferry que me recordó por qué Ulises no podía regresar a Itaca. Con el vendaval los pasajeros comenzaron a desmayarse mientras mi presión bajaba al último círculo del infierno. Ante la perspectiva de seguir cuatro horas más así, preferimos descender en la siguiente isla y perder la reserva de hotel y el pasaje de vuelta desde Santorini.

Quedamos solos en el pequeño puerto sin saber adónde ir, con valijas demasiado pesadas y nadie cerca a quien pedir información. Un hombre fornido nos ofreció un cuarto en la cima de una montaña. Como no me mostré muy convencida, vino su mujer, aceptamos y nos llevaron en auto hasta la parte trasera de una casa, que estaba emplazada en un laberinto de calles angostas, flanqueadas por paredes blancas, puertas azules y Santa Ritas de un fucsia deslumbrante. Era una vivienda convertida en hotel durante el verano, como tantas de la isla.

La conserje era la abuela de la familia, a la que le resultaba incuestionable que comprenderíamos el griego si lo hablaba lento.

Colmada de flores, como todas las viviendas de Naxos, tenía una terracita con vista al mar, y un cartel con la leyenda “Por favor acuérdese de pagar”. No había una estructura coactiva para que el turista pagara, sino un sistema basado en la confianza.

En Naxos los cajeros automáticos dan a la calle. Nadie teme ser asaltado, ni siquiera cuando camina de noche por las calles más oscuras y alejadas.

A diferencia de Mykonos, la Punta del Este griega, que solo tiene una infraestructura for export de casitas blancas con negocios y autos que atentan contra la vida del turista, Naxos ofrece una arquitectura similar pero con habitantes nativos, casas de puertas abiertas, fuentes con tomates en las terrazas, panaderías con hornos de los de antes, y calles tan angostas que solo entran una mesa de restorán y un peatón.

Es más barata y hermosa que Mykonos y Santorini. Comer bien en un restaurante cuesta muy barato (diez euros un plato de pescado, ensalada y arroz abundante, bebida y pan, que cobran solo si uno lo consume).

Salvo en la costanera y en otras pocas calles, está prohibido el ingreso de autos, motos y bicicletas. Un castillo medieval da testimonio de cinco siglos de dominio veneciano, cuando Naxos fue conocida con nombre italiano: Nasso. Está edificado sobre una columna que provendría de la antigüedad, y tiene un pequeño teatro al aire libre, con vista al mar, en el que ofrecen conciertos y bailes tradicionales.

A quince minutos de caminata desde el centro, se llega a la playa San Jorge. No tiene olas, su puesta de sol es imponente y en sus tabernas se come un pez espada delicioso y muy barato.

Es una lástima descubrir la playa en el atardecer del último día. Aún así, esta isla fue un regalo inesperado, lo mejor del viaje.

De un evento negativo (el mareo en el ferry) pueden surgir experiencias extraordinarias. “No hay mal que por bien no venga” advierte mi refrán favorito. Recordaré mi viaje a Naxos cuando el pesimismo parezca derrotarme. Todos tenemos un Naxos experando a la vuelta de cada frustración.