Artículos de viajes                                   

 
 

Manual del turista perezoso

 

1) Jamás debe tomar un ómnibus para ir a la playa. El ómnibus se inventó para ir a trabajar. O para asistir a la escuela. A la playa no. De modo que si está en Ciudad Paraíso y para visitar la playa de arenas negras debe subirse a un ómnibus, preferirá conocerla en las postales que ofrece el negocio de souvenirs que está a la vuelta de la esquina. Así verá también los lugares que quedan a más de quince cuadras del hotel. En las postales todos los paisajes se ven más lindos que en vivo y en directo. Tampoco es necesario madrugar para contemplar el amanecer sobre el mar, porque en las postales el sol siempre alcanza su momento de máximo esplendor.

2) Jamás madrugará para tomar un tren o un avión. El madrugón se inventó para ir a trabajar. O para asistir a la escuela. Para viajar no. En lugar de madrugar, preferirá cambiar el destino turístico.

3) Jamás se meterá en la pileta o en el mar. El agua siempre está demasiado fría, excepción hecha de las piletas termales, que están demasiado calientes. A lo sumo se refrescará los pies a la orilla del mar, al atardecer. Y siempre se arrepentirá de haberlo hecho, porque sacarse la arena de los dedos para calzarse las zapatillas es una proeza digna de Poseidón.

4) Jamás frecuentará los lugares más afamados de cada circuito turístico. Casi nunca, en realidad. Si visita el palacio del sultán y para ver sus joyas debe hacer tres cuadras de cola bajo la lluvia, aún cuando haya pagado una entrada significativa preferirá huir del palacio y esperar hasta que la lluvia cese para deambular por las calles sin rumbo fijo. Al cabo de una hora se sentará durante toda la tarde a leer en un bar y la pasará mejor que en su derrotero turístico. Luego calculará que pagar la entrada del museo más afamado del lugar le costará el equivalente a dieciséis baclavas, y decidirá emprender una visita (no guiada) a la pastelería.

5) El turista perezoso entiende que el turismo es un emprendimiento agotador, creado a imagen y semejanza del trabajo alienado. Por eso, harto de esperar horas y horas en los aeropuertos para no embarcar en vuelos que se suspenden a último momento, o de viajar toda una noche comprimido en un espacio minúsculo y de formar filas interminables para sellar papeles y pasaportes que rara vez cumplen con los requisitos exigidos por las autoridades, y de ser estafado por taxistas que lo pasean por los sitios más recónditos de la ciudad, dejará de una vez y para siempre de viajar y preferirá leer o conocer el planeta a través de la serie “Españoles por el mundo”, cómodamente sentado con un daikiri frente a su televisor. Es más barato y relajante. Y no produce jet lag.