El patriarcado no existe más

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Prefacio

 

 

 

A todos los que tienen el coraje de hablar en público

sobre temas controvertidos como los que se abordan aquí,

y a los que se atreverán en el futuro.

 

 

 

¿Vivimos en una sociedad en la que las mujeres están peor que los hombres? ¿Asistimos a un predominio masculino, tal como sugiere el concepto de patriarcado? Me dedico a la filosofía científicamente informada y considero que la forma más seria en que podemos examinar racionalmente este fenómeno es derivando del concepto de patriarcado hipótesis falsables, es decir, conjeturas que podamos establecer si son verdaderas o falsas por medio de procedimientos empíricos. La manera de saber si existe el patriarcado es analizar empíricamente los reclamos del feminismo, establecer en primer lugar si son legítimos, y si juntos permiten concluir que vivimos en un sistema en el que las mujeres se ven más perjudicadas que los hombres. Algunas de estas hipótesis falsables se derivan de conceptos como: brecha salarial, techo de cristal, violencia de género, cosificación del cuerpo femenino, micromachismo, mansplaining, discriminación, persistencia de estereotipos que contribuirían a la subrepresentación de las mujeres en carreras técnicas como ingeniería, física, matemáticas o ciencias de la computación.

 

La palabra "patriarcado" tiene una carga negativa asociada al género masculino. Sin embargo, hombres y mujeres impulsaron y perpetraron esos roles, que admiten otras lecturas que no son las que predominaron a partir de la segunda mitad del siglo XX. Las feministas corporativas dirán que el patriarcado estaba internalizado en ellas, con lo cual convierten en infalsable cualquier hipótesis que las contradiga y mantienen el papel de víctimas. En su libro "Quién se robó el feminismo", la filósofa Christina Hoff Sommers  diferencia al feminismo corporativo, que solo lucha por favorecer a la mujer, del feminismo de la igualdad, que reconoce que ambos sexos padecen sexismo y desventajas, y en lugar de victimizarse y culpabilizar, busca soluciones racionales a los problemas. Otra palabra cuyo uso se ha generalizado como sinónimo de feminismo corporativo es "hembrismo", por analogía con el machismo. Puede funcionar como sinónimo de misandria​ o de desprecio a los hombres. Otras veces se la define como discriminación sexual hacia los varones, o sesgo de género que perjudica a los varones en acciones u opiniones.​

 

Llegué a la problemática de género desde el escepticismo, que en su variante contemporánea es una perspectiva frente al conocimiento que requiere dudar de toda la información que no esté sustentada en la evidencia. Investigaba en el marco de la Filosofía Experimental, una corriente de la filosofía que nació en el siglo XXI como una interdisciplina que aplica los métodos de la psicología experimental a temas vinculados con la filosofía. Estaba consagrada el estudio de por qué las mujeres creen más en Dios y en las pseudociencias en general, al de la diversidad en el juicio moral y en los chistes que les causan gracia a hombres y mujeres, cuando comencé a toparme con información que provenía del feminismo.  En un primer momento advertí que tiene una perpectiva constructivista por la cual atribuye enteramente las diferencias de sexo a la socialización. Esto constituye un problema, porque para averiguar si vivimos en un patriarcado primero necesitamos tener un buen marco interpretativo de la evolución de la vida humana. Ignorarlo lleva al feminismo hegemónico a serios errores en los diagnósticos que formula, no porque la biología nos determine, ya que interactúa con la cultura, sino porque el reduccionismo sociológico es tan peligroso como el reduccionismo biológico al ofrecernos una visión muy parcial de los fenómenos a ser examinados. Al carecer  de una perspectiva biológica y evolucionista, en sus desarrollos teóricos ignora buena parte de los adelantos científicos de las últimas décadas, y las contadas veces que apela a alguno de ellos, lo hace en forma sesgada.

 

Soy consciente de que no hay un solo feminismo. No obstante, englobo a los feminismos existentes en el término "hegemónico", considerándolos uno solo, a partir de elementos en común que encuentro decisivos para el diagnóstico de las problemáticas de género:

 

(1) carecen de una perspectiva científicamente informada porque ignoran el impacto que tuvo la evolución en el cerebro de hombres y mujeres, y si lo toman cuenta lo hacen sin convocar bibliografía reciente y mediante prejuicios infundados.

 

(2) su encadre es posmoderno, de modo que no creen que haya una cosa más verdadera que la otra, y abrevan en autoras de escritura inútilmente enrevesada como Judith Butler.

 

(3) fundan parte de su teoría en una pseudociencia como el psicoanálisis y en teóricos que manejan datos sesgados o que no son respaldados por la evidencia.

 

(4) desarrollan una actitud intolerante frente al cuestionamiento de sus ideas.

 

(5) ignoran que los varones también padecen sexismo y desventajas, y cuando se anotician de ello minimizan su impacto.

 

(6) cultivan un victimismo que ubica a la mujer como una eterna menor de edad.

 

(7) quiebran principios constitucionales como la igualdad ante la ley o la presunción de inocencia.

 

Volviendo a la falta de perspectiva biológica y evolucionista del feminismo hegemónico, comprensiblemente el temor de muchas personas es que la biología sea un pretexto para generar inequidades sociales. El nazismo se valió del darwinismo social, cuyas ideas centrales no pertenecen a Darwin pero se inspiran en sus investigaciones. Fue propuesto por Herbert Spencer y en su variante más influyente alimentó al nazismo. De este modo se pretendió justificar una ideología política a partir de una lectura errónea de los fenómenos biológicos, cometiendo la falacia naturalista en el desplazamiento de lo que se cree que es hacia lo que debería ser. Los científicos contemporáneos no apoyan el darwinismo social, pero muchas feministas los acusan sin evidencia de perpetuar el sexismo meramente porque en los estudios que realizan encuentran diferencias de sexo y no las atribuyen a la socialización. Por ejemplo, Simon Baron-Cohen encontró evidencia de que en promedio las mujeres son más empáticas y que cuando los niveles de testosterona en el útero de la madre gestante son excesivos, esta facultad disminuiría (Baron-Cohen, 2004, 2005). Como el feminismo hegemónico cree que no nacemos con ninguna predisposición biológica y que todo se reduce a la influencia de la cultura, estima que los estereotipos relativos a la mujer suelen ser negativos y causan la conducta. Pero podrían reflejar predisposiciones biológicas -ser el efecto- y no la causa de esta facultad.  

 

Es erróneo suponer que, al describir, los científicos están prescribiendo cómo deben comportarse hombres y mujeres. Si un estudio señala que en los países con mayor igualdad de género las mujeres optan por roles más tradicionales (Schmitt y otros, 2008), ese resultado no es reflejo del conservadurismo del investigador sino un enigma que es necesario descifrar con evidencia en la mano. Acusar de sexista al científico es como matar al cartero por una encomienda indeseada, y también constituye una falacia naturalista. El constructivismo social extremo ignora casi por completo la mayoría de los estudios científicos que se han desarrollado en las últimas décadas, que nada tienen que ver con las ideas que llevaron al exterminio nazi ni con el sexismo.

 

Junto a las feministas y a los temerosos de que una perspectiva biológica conduzca a barbaries como el nazismo, también los grupos que trabajan en favor de los derechos civiles cuestionan las explicaciones basadas en la biología porque temen que la diferencia identitaria conduzca a la desigualdad de derechos, o creen que la primera conduce automáticamente a la segunda. Otra vez vemos aquí la falacia naturalista. Aunque es cierto que algunos de nuestros rasgos biológicos tal vez sean inmodificables, dudo que alguna vez las mujeres en promedio tengan más fuerza física que los varones o -siempre en promedio- lloren menos que ellos, pero eso no justifica que se entronice la violencia física -de hecho nuestra sociedad la condena cuando no es utilizada en legítima defensa- ni que podamos determinar que una mujer tomada al azar tiene propensión al llanto y no podría trabajar como pediatra puesto que, ante un niño enfermo, se largaría a llorar en lugar de diagnosticarlo. Cuando se observan disimitudes biológicas, siempre se hace referencia a un promedio, no a los rasgos individuales.

 

La inmensa mayoría de los científicos contemporáneos, de los filósofos y de los formadores de opinión que cuestionan al constructivismo no sostienen que la biología nos determine, sino que establece predisposiciones que interactúan con el medio ambiente. Para el determinismo biológico, los factores genéticos, hormonales y, en general, que no son producto de la socialización nos determinarían por completo. Casi ningún científico serio y de referencia sostiene hoy esta posición, aunque unos pocos terminan sugiriendo que el cociente intelectual (CI), que es un estimador de la inteligencia, podría ser para la mayoría de las personas un predictor más poderoso del "éxito" que el medio social en el que alguien ha sido criado, afirmación que no cuenta con evidencia científica en su favor, puesto que en un medio ambiente sin carencias económicas significativas y con buenos estímulos provenientes de la educación, las predisposiciones relativas al CI que posee en promedio todo ser humano son más que suficientes para un buen desarrollo de sus capacidades.

 

Somos una especie altamente flexible, hemos cambiado ideas, conductas e interacciones más que otros animales mediante la transmisión de conocimiento que habilita el uso del lenguaje, aunque todavía no sabemos hasta qué punto podremos cambiar ciertos rasgos sin manipulación genética. ¿Habrá alguna vez más mujeres que hombres que trabajen como mecánicos o más hombres que mujeres empleados como enfermeros? No lo sabemos, aunque me atrevería a decir que lo dudo.

 

El tema se vincula también con la forma diversa en que hombres y mujeres encaran las relaciones sexuales y las relaciones de pareja a largo plazo, de modo que tener en cuenta factores biológicos y una perspectiva evolucionista también puede llevarnos a mejorar y cuestionar algunas de nuestras conductas cotidianas vinculadas al universo de los afectos.

 

De manera dualista, el constructivismo social está basado en un modelo de escisión entre cerebro y cuerpo, sostiene que nacemos como páginas en blanco y que todas nuestras conductas son modeladas por la sociedad, si bien nuestro cuerpo responde a mecanismos biológicos. Un voluminoso cuerpo de evidencia científica lo desmiente, tal como veremos en los tres primeros capítulos del libro. Esta actitud es tan perjudicial como el reduccionismo biológico, y difícilmente predisponga favorablemente para aprovechar  la información que brindaremos sobre las diferencias sexuales.

 

Prácticamente durante toda la  historia de la humanidad se creyó que había diferencias entre hombres y mujeres y que eran inmutables. Aunque tras la Revolución Francesa empezó a ganar adeptos la idea de que nacemos como páginas en blanco y es la socialización la que nos moldea, recién en el siglo XX obtuvo consenso la creencia de que la cultura  nos determina mediante estereotipos. En la década de 1980 los científicos sociales sostuvieron que la sociedad articulaba la conducta de las mujeres, especialmente por modelos de rol y por los medios de difusión. Ya Simone de Beauvoir en "El segundo sexo", publicado en 1949, sostenía "No se nace mujer: se llega a serlo", aplicando el principio existencialista de que la existencia precede a la esencia o, dicho en otras palabras, que el ser humano es lo que hace de sí mismo.

 

¿De qué influencia biológica estamos hablando? En la década del noventa del siglo XX se produjo una revolución copernicana en el conocimiento, cuando desde varias disciplinas y en innumerables estudios se evidenció que algunas de nuestras predisposiciones psicológicas tienen causas biológicas que interactúan con la cultura. Estas sustantivas novedades no contaron con la divulgación que debieran haber tenido.Quien desée aproximarse al tema por primera vez puede comenzar por el libro de Steven Pinker "La tabla rasa. La negación moderna de la natrualeza humana".

 

La hiperespecialización del saber no favorece la actualización en materia científica. La mayoría de los investigadores trabajan temas específicos, saben mucho sobre poco y un día sabrán todo sobre nada. La tarea de divulgación que llevan a cabo muchos científicos es insuficiente y la falta de comunicación interdisciplinaria lleva a que quienes estudian sociología o ciencias políticas no siempre estén actualizados en relación a las investigaciones en biología. Una situación análoga se da entre psicólogos que en la facultad rara vez reciben una buena formación en política, sociología y economía. Incluso divulgadores académicos que valoro y que tratan de hacer conocer estos temas, organizan más conferencias para plantear la problemática que para divulgar los sorprendentes descubrimientos científicos de los últimos años. Pero no podremos avanzar si no conocemos cómo biología y cultura interactúan y afectan los pensamientos, las emociones y las conductas humanas.

 

Esta es la razón por la que me propongo que -hasta donde sé- por primera vez un libro integrador recorra un amplio espectro de temas que hacen a la problemática de género. Algunos libros desarrollaron la cuestión de las diferencias de sexo desde la perspectiva de la psicología evolucionista ("La evolución del deseo", David Buss, "Male, Female: The Evolution of Human Sex Differences" -"Masculino y femenino: la evolución humana de las diferencias de sexo", David Geary, o "La gran diferencia", Simon Baron-Cohen, entre otros). Hay libros que se ocuparon de chequear datos que provienen del feminismo o de reflexionar sobre él desde una perspectiva filosófica (Who Stole Feminism?, Christina Hoff Sommers,  Free Women, Free Men. Sex, Gender, Feminism, -Mujeres Libres, Hombres libres, Sexo, género, feminismo, una recopilación de artículos de Camille Paglia, Sexual Harrassment and the Future of Feminism -Acoso sexual y el futuro del feminismo-, Daphne Patai, entre otros). También hay libros que abordaron las desventajas y el sexismo que padecen los varones (El mito del poder masculino, Warren Farrell, The Second Sexism: Discrimination Against Men and Boys -El segundo sexismo: discriminación contra los hombres y los chicos-, David Benatar, o Is There Anything Good About Men? -¿Hay algo bueno que se pueda decir sobre los varones?-, de Roy Baumeister, entre otros). "El patriarcado no existe más" tiene un objetivo integrador: se propone abarcar un amplio espectro temático, desde los tópicos que están vinculados con la biología hasta los que implican el análisis de los datos que provee el feminismo, la cuestión judicial o sus implicaciones políticas. Sin contar con una perspectiva científicamente informada en relación a lo que hombres y mujeres tienen en común y en lo que los diferencia, no es posible comprender cuestiones tales como porqué hay menos mujeres en cargos jerárquicos o porqué fascina tanto la belleza femenina, entre muchas otras que serán desarrolladas en las páginas que siguen. Enlazar los temas judiciales con los problemas que presentan buena parte de las estadísticas que manejan los centros feministas productores de conocimiento también puede enriquecer la comprensión de temas que parecen distantes entre sí, pero que están íntimamente relacionados. Del mismo modo, el propósito es que cada capítulo pueda ser relacionado en forma directa o indirecta con el otro.

 

Ante la imposibilidad de diálogo con el feminismo hegemónico, nació el proyecto Feminismo Científico en Twitter con @feminisciencia, que en pocos meses alcanzó una amplia repercusión en el mundo hispanoparlamente, @feminiscience, su versión en inglés, la página Feminismo Científico en Facebook y el sitio web www.feminismocientifico.com.ar. El propósito fue el de conocer y divulgar las diferencias de hombres y mujeres en base a la evidencia científica para hacer buenos diagnósticos y encontrar soluciones a las inequidades de derecho.

 

¿Por qué denominé a este proyecto con el término "feminismo? Preferiría llamarlo "movimiento por la igualdad de género" antes que feminismo, ya que el primero incluye tanto a las mujeres como a los varones, pero denonimé a la iniciativa que llevo adelante "Feminismo científico" porque

 

(1) es una manera de subrayar los datos y marcos teóricos cuestionables del feminismo hegemónico, porque

 

(2) el término feminismo es bien conocido y en las redes sociales es fácil relacionarlo con los temas que abordamos, porque

 

(3) es una manera de plantear a las feministas temas que no ocupan su agenda y porque

 

(4) también comparto algunos objetivos del feminismo hegemónico. El de la primera ola, el que obtuvo el derecho a la educación, al voto y a gran cantidad de derechos civiles, un feminismo del que también participaron muchos hombres como Stuart Mill o Montesquieu, me sigue pareciendo una de las grandes conquistas del siglo XX. 

 

Hablar de Feminismo "Científico" en este contexto significa feminismo basado la evidencia científica. Es una manera de dar a entender que el feminismo hegemónico abandonó el propósito ilustrado de sus orígenes, guiado por las ideas de razón y progreso social, y lo reemplazó por el posmodernismo, una orientación filosófica que cuestiona la existencia de la verdad y juzga que "todo depende del cristal con que se mire", lo que lleva a sus representantes a no avalar, por ejemplo, las luchas de las mujeres islámicas para dejar de verse obligadas a usar el hijab. Sin justificación válida alguna, asocian la crítica al islamismo con el racismo.

 

La filósofa Martha Nussbaum se pregunta en su artículo "El profesor de parodia" por qué una de las sombras tutelares del feminismo, Judith Butler, prefiere escribir en un lenguaje tan enrevesado. Aunque rechaza el término posmodernismo por vago, Butler escribe en el estilo de la tradición filosófica continental, que tiende a considerar  al filósofo como una estrella que fascina por su oscuridad, más que como un interlocutor entre iguales, escribe Nussbaum. Cuando las ideas se expresan claramente, después de todo, pueden separarse de su autor: uno puede tomarlas y darles vida propia. Cuando permanecen misteriosas, se sigue dependiendo de la autoridad de orígen. El pensador solo es atendido por su carisma turgente. Uno cuelga en suspenso, ansioso por el próximo movimiento. ¿Qué significa que nos diga que "la agencia de un sujeto presupone su propia subordinación?".  De esta manera, señala Nussbaum, la oscuridad crea un aura de importancia. Induce al lector a conceder que, dado que no se puede entender lo que se dice, debe haber algo significativo, cierta complejidad de pensamiento a la que no puede acceder. La oscuridad llena el vacío dejado por la ausencia de una verdadera complejidad de pensamiento y argumento (Nussbaum, 1999).

 

Por otra parte, comparto algunas conquistas pendientes del feminismo: la despenalización del aborto, la extensión de las licencias por paternidad y maternidad, la necesidad de fundar más guarderías públicas, la de  incrementar la participación de las mujeres en política y de los varones en la división del trabajo doméstico, la implementación de políticas públicas que enfrenten la problemática de los asesinatos de mujeres, y también los de varones, algo que está ausente en la agenda feminista, así como otras problemáticas que este libro se propone abordar.

 

El primer capítulo empezará planteando algunos elementos en común que tenemos con otros animales, puesto que aunque vivamos en sociedades altamente industrializadas, somos un animal, una idea que proviene de los estudios de Charles Darwin sobre la evolución, y que increíblemente todavía sobresalta a las personas. Por ejemplo, compartimos con otros animales (1) gran cantidad de estrategias como la mayor selectividad de la hembra, puesto que invierte más en la reproducción, lo que lleva a los machos a competir directa o indirectamente para acceder a ellas (en forma directa con violencia física e indirecta con recursos y estatus), (2) la preferencia por parte de las hembras de machos con estatus y acceso a recursos, lo que favorece la supervivencia de la cría, (3) la mayor reproducción de las hembras en relación a los machos (un macho con estatus se aparea con varias hembras), entre otros fascinantes rasgos. 

 

Un problema central del feminismo hegemónico es que no utiliza la teoría de la selección sexual de Darwin para explicar las diferencias de sexo. Darwin postuló esta teoría en su libro de 1871 "El orígen del hombre, la selección en relación al sexo". El segundo capítulo de "El patriarcado no existe más" trata sobre cómo influye la selección sexual en las diferencias entre hombres y mujeres. El feminismo hegemónico ignora  o interpreta de manera sesgada investigaciones que a partir del enfoque evolucionista resultan consistentes entre sí y provienen de disciplinas diversas como las neurociencias, la etología, la psicología evolucionista, mal entendida incluso por algunos escépticos y críticos del feminismo, la primatología, la antropología evolucionista, la genética conductual y la psicología experimental.

 

Si se cree en la evolución, se tiene que creer que los genes influyen en las diferencias individuales. La teoría de la evolución focaliza en los rasgos que incrementan la posibilidad de supervivencia y reproducción. Pero el feminismo hegemónico entiende que la selección natural y la selección sexual se detienen en el cuello, es decir, plantea que hombres y mujeres somos psicológicamente indistinguibles cuando nacemos, y que toda diferencia obedece a la socialización. Esto también es contrario a lo que muestran infinidad de estudios científicos que provienen de las disciplinas mencionadas, por lo que el feminismo hegemónico cultiva un reduccionismo sociológico, no menos problemático que el reduccionismo biológico del que sin fundamento alguno acusan a todo aquel que tenga en cuenta a la biología, así como acusan de lo mismo a cualquiera que sugiera que los seres humanos no nacemos como páginas en blanco (tabulas rasas).

 

En el tercer capítulo debato con diversas autoras que acusaron a las neurociencias y a la psicología de promover el sexismo a través de la diferenciación de predisposiciones psicológicas de hombres y mujeres que no son producto de la socialización. Me concentro en particular en los trabajos de Lucía Ciccia, la que más publicidad recibe en circuitos de divulgación feministas de Buenos Aires, en los de las psicólogas en las que basa su posición, que han influido al feminismo de todo el mundo eludiendo la perspectiva evolucionista, y en incontables estudios que no pueden ser ignorados si se quiere tener una visión científicamente informada sobre estos temas.

 

Argumentaremos también en favor de la idea de que la desigualdad de rasgos que en promedio se observa en hombres y mujeres, que son más parecidos que diferentes, no nos predispone en favor de ninguna política social en particular. Igualdad de características e igualdad de derechos son cuestiones diferentes, y quien los confunda comete la llamada falacia naturalista, que consiste en inferir cómo deben ser las cosas a partir de lo que son o aparentan ser. Las predisposiciones diversas que en promedio muestran hombres y mujeres son el resultado del enfrentamiento de estrategias distintas en la evolución humana, lo que supuso que además de los desafíos comunes de la supervivencia tuvieran que adoptar estrategias distintas en el orden de la reproducción, algo que impactó e impacta fuertemente en preferencias, intereses y conductas promedio que afectan áreas de la vida muy alejadas de la crianza y la preocupación por el bienestar de la progenie. Una versión de este capítulo, titulado  "¿Es sexista reconocer que hombres y mujeres no son iguales?", fue corregida por uno de los investigadores más reconocidos en la materia, el psicólogo Marco del Giudice, de la New Mexico University, en Estados Unidos, quien lo aprobó para su próxima publicación en una revista académica española con revisión de pares, Disputatio, en un número bilingüe especialmente dedicado al escepticismo.

 

El presupuesto de que hombres y mujeres serían psicológicamente indistinguibles si no reprodujeran los estereotipos de género lleva a borrar toda disimilitud específica y toda preferencia que en promedio pueda ser más frecuente en un sexo o en otro. Este será el tema del capítulo 4. Si nacemos como páginas en blanco, tal como postula el feminismo hegemónico, todo tema, oficio o profesión que no fuera desarrollado por 50% de mujeres y 50% de varones padecería de un desequilibrio sexista a ser remediado. A lo largo del libro veremos cómo esta presuposición en la práctica termina postulando que una mujer "empoderada" debe elegir igual que un varón: dialogar sobre los mismos temas, escoger los mismos oficios y profesiones, leer los mismos libros o crear las mismas obras de arte. Si hay un 80% de varones que estudian ingeniería o matemáticas, se culpa al "patriarcado" y a la reproducción de los estereotipos de que no haya más mujeres. Si en cambio hay un 80% de mujeres que estudian psicología, eso parece perfectamente justo y no amerita consideración alguna. Un esquema que termina generando una forma imperceptible de "machismo", puesto que toda preferencia identificada con los modelos tradicionales femeninos sería rechazada, y todo aquel que defienda ese derecho sería tildado de conservador.  La lectura de los tres primeros capítulos facilitará la comprensión del cuarto, en el que se abordará el tema de la diversidad de preferencias -no de aptitudes promedio- que tienen la mayoría de los hombres y de las mujeres y que no son el resultado exclusivo de los estereotipos culturales.

 

Además de constatar la falta de una perspectiva evolucionista, empecé a notar que buena parte de los datos que manejaba el feminismo hegemónico carecían de evidencia o eran el resultado de estadísticas en las que no se controlaban variables, como cuando repiten una y otra vez que la brecha salarial implica desigual paga por el mismo trabajo, sin tener en cuenta cantidad de horas trabajadas, tipo de trabajo, edad de las mujeres, si son madres o no, etc. O cuando sostienen sin evidencia que el 70% de las mujeres del mundo son pobres, amparándose en el nombre de prestigiosas instituciones, cuando no hay referencia ni manera de chequear la cifra. (Para averiguar más sobre este tema es posible consultar en internet el artículo "Verdades políticas (I): el 70% de los pobres son mujeres o la feminización de la pobreza", publicado por Hombres, género y debate crítico el 9 de abril del 2016)

 

Este problema con la evaluación de datos ya había sido destacado por la filósofa Christina Hoff Sommers, una de las fundadoras del feminismo disidente con su libro "Who Stole Feminism?" ("¿Quién se robo el feminismo?, no traducido al español), que comienza justamente señalando que el número de anoréxicas es considerablemente menor al que contabilizan las feministas, sin que esto suponga restar importancia a esta problemática.

 

Para chequear los datos del feminismo hegemónico nació una sección de nuestro sitio web www.feminismocientifico.com.ar y de nuestra cuenta de Twitter @feminisciencia y @feminiscience (en inglés) con el hashtag #chequeandodatafeminista. El capítulo 5 es una crítica a los datos que provienen de feministas y que no cuentan con evidencia, creando una falsa victimización de la mujer y una injustificada culpabilización del varón. Se analizarán fenómenos como la "brecha salarial", el "techo de cristal", que es el supuesto impedimiento para que las mujeres ocupen cargos jerárquicos, los desarrollos en relación a la cuestionable idea de "epistemología feminista" y el marco filosófico posmoderno y contrario a la ciencia que signa al feminismo de la tercera ola.

 

Chequearemos también la forma en que el feminismo hegemónico evalúa los datos que reflejan el bajo porcentaje de mujeres entre los Premio Nobel, en la industria del cine o en la interpretación de instrumentos musicales, y la baja representación masculina entre los espectadores de comedias musicales, la lectura de novelas o el sistema educativo.

 

En la academia el panorama es igualmente desalentador: una investigación sueca de Therese Söderlund (2015) mostró que los estudios de género son los mejor financiados, pero también los más sesgados y menos objetivos de todas las disciplinas dentro de las humanidades. Las autoras se citan entre ellas e ignoran o distorsionan los avances científicos porque no los juzgan acordes a  su modelo ideal de mujer. Pero ningún movimiento se enriquece sin un diálogo con otras disciplinas y sin abrirse a nuevas ideas.

 

El capítulo 5 también evaluará la evidencia sobre estereotipos presente en la literatura científica, ya que, como decíamos,  la percepción que se tiene sobre una persona o grupo de personas -eso es un estereotipo- puede ser la causa de que se reproduzcan esos rasgos pero también puede ser la consecuencia de la reiteración de determinados patrones de conducta. Examinaremos también la idea de "cosificación del cuerpo femenino", una de las hipótesis falsables que reiteradamente es asociada a la supuesta existencia del patriarcado.

 

Uno de los argumentos que a menudo se esgrimen para sostener que vivimos en un patriarcado es la violencia que padecen las mujeres, desde sus variantes sexuales (acoso, violación) hasta el asesinato perpetrado por sus parejas o ex parejas. El capítulo 6, titulado "Nadie menos", trata sobre la necesidad de definir qué entendemos por violencia sexual y la de garantizar los derechos de las personas con independencia de su sexo. ¿Por qué habría de interesarnos el sexo de quien padece violencia? ¿Puede haber algo más sexista que considerar que la violencia de un sexo es más grave que la de otro sexo? Tal afirmación solo es posible si se culpabiliza a todos los varones por las faltas de una ínfima minoría. También si se sobregeneraliza con una explicación sencilla y fácil de digerir como que "se mata por ser mujer".Sin negar que el odio de género pueda estar presente en episodios de violencia, esta explicación demasiado sencilla no es consistente con la literatura científica sobre el tema, máxime si tenemos en cuenta que gran cantidad de estudios, como veremos, reflejan que la violencia física proviene tanto de hombres como de mujeres. Negar importancia a la violencia que padecen los varones aduciendo que los mató otro varón sería como negar importancia a la muerte de una persona que vive en una villa de emergencia porque lo mató otro "villero", o negar la importancia de la muerte de un negro en el Bronx porque lo mató otro negro. Relativizar la importancia de la muerte de un varón en el contexto de la pareja porque muere un número mayor de mujeres en esa misma situación  sería como castigar más las responsabilidades patronales por los accidentes de trabajo cuando muere un varón, porque ellos padecen el 73% de esos siniestros (Superintendencia de Riesgos del Trabajo, 2018). Nadie lo aceptaría. En el capítulo 6 se compararán datos relativos a la violencia que padecen hombres y mujeres, se cuestionará la metodología utilizada para confeccionar el informe sobre violencia de género del colectivo "Ni una menos", así como la del  Fundamental Rights Report 2017, la primera en su tipo que relevó la violencia en contra de las mujeres en 28 Estados de la Unión Europea en el periodo 2010-2012.

 

Afortunadamente la violencia sexual y el acoso contra las mujeres tienen hoy una visibilidad de la que carecían en el pasado. Pero a medida que el tema está más presente en la opinión pública, es necesario clarificar qué entendemos por violencia, acoso y  "violencia sexual",  y entablar una discusión sobre la forma en que la sociedad debe enfrentarlos. Presentaré también diversos estudios que desafían la idea corriente de que la violencia física solo proviene de los varones.

 

El caso de Alfredo Turcumán, el sanjuanino asesinado al que previamente la policía no le tomó la denuncia por violencia doméstica en contra de su mujer, llamándolo “maricón”, puede ser una visagra para plantear los múltiples conflictos en los que los hombres son discriminados. Es indudable que la violencia doméstica afecta a más mujeres, pero quiebra el principio de igualdad ante la ley que en nuestro país no existan programas o instituciones para los hombres en idéntica situación, y que se burlen de los que realizan una denuncia policial, obstaculizando las acciones preventivas. En Estados Unidos hay 2000 hogares para mujeres que padecieron violencia doméstica, y pocos años atrás inauguraron en Arkansas uno al que pueden acudir hombres. En 1971 la escritora Erin Puzzey abrió el primero en Londres destinado a las mujeres, y en años recientes decidió consagrarse a albergar solo varones, advirtiendo que no tenían un lugar al que acudir.

 

De la mano con la evaluación del fenómeno de la violencia debemos considerar si hombres y mujeres son iguales ante la ley. Uno de los argumentos más frecuentes para apoyar la hipótesis de que vivimos en un patriarcado es el que sostiene que nuestro sistema judicial es "patriarcal" y defiende a los varones.  Es lo que examina el capítulo 7, que se pregunta si es cierto que nuestra justicia es patriarcal, como proclama el feminismo hegemónico.  Se cuestionará la Ley de Femicidio y el proyecto que acarician algunas abogadas feministas para que en casos de violencia "de género" se anule la garantía constitucional de la presunción de inocencia, invirtiendo la carga de la prueba de modo que todos los varones denunciados por violencia sean considerados culpables hasta que demuestren que son inocentes. Suele fundamentarse esta iniciativa en el  -supuestamente- escaso número de denuncias falsas. Analizaremos si en efecto son tan pocas como presumen quienes militan en favor de la campaña "yo te creo hermana", además de examinar disparidades de sexo asociadas al sistema jubilatorio y a los juicios de tenencia. En España meramente por ser denunciado por su pareja o ex pareja, un hombre puede pasar el fin de semana en prisión, ser alejado del hogar, imposibilitado de ver a sus hijos por muchísimo tiempo, mientras que la mujer obtiene toda suerte de subsidios, prioridad de inscripción para sus hijos en la escuela, ayuda con el alquiler, etc., todas medidas útiles cuando se trata de denuncias auténticas, y una carnada muy tentadora para las que solo "se acuerdan" de denunciar a sus ex maridos por abusar sexualmente de sus hijos cuando se acaban de divorciar. En situaciones como ésta los niños se convierten en rehenes de un progenitor, y se les niega el vínculo con el otro -por lo general el padre- y su familia.

 

El feminismo está de moda y buena parte de la prensa está dominada prácticamente por una sola visión del feminismo. Sin embargo, en todo el mundo el feminismo disidente y, en términos generales, personas que no se llamarían a sí mismas feministas pero que abogan por los derechos de hombres y mujeres, desarrollan una intensa tarea de producción y divulgación de conocimiento basado en la evidencia científica. En su tesis de doctorado, Ana León Mejía define al feminismo disidente como un movimiento que muestra su desacuerdo con el feminismo por diversas razones, entre las que cabe destacar que muchas de sus investigaciones carecen de rigor científico, tienen deficiencias de calidad que se trasladan a los departamentos de estudios de la mujer de las universidades, cuyos contenidos están limitados por la censura de la corrección política, cultivan el victimismo y han creado un estado de alerta y crispación extendiendo los conceptos de acoso y agresión sexual más allá del propio sentido común (León-Mejía, 2006). En el capítulo 8 daremos cuenta brevemente de este movimiento, que nace con la visión crítica que tiene Esther Vilar en la década del setenta sobre el feminismo de la segunda ola y se fortalece posteriormente con el pensamiento de Camille Paglia, Christina Hoff Sommers, Helen Pluckrose, Cathy Young, Daphne Patai, Susan Pinker, Janice Fiamingo, Karen Straughan y Belinda Brown, entre muchos otros. Destacaremos el trabajo de Ana León Mejía, que se doctoró en sociología en la Universidad de Barcelona con una tesis sobre feminismo disidente titulada  "Una aproximación analítica al feminismo del género". En las redes sociales el masculinismo -un movimiento que aboga por los derechos del varón-, el feminismo disidente y los científicos que estudian desde una perspectiva evolucionista las relaciones entre los sexos, logran que determinados temas se vuelvan trending topic, y algunos canales de Youtube como los de Un Tío Blanco Hetero, La Entropía de Valen u Once Veintidós tienen varias decenas de miles de seguidores, así como envían material a diario cuentas de Twitter como la de la bióloga y neurocientífica Marta Iglesias (@migulios), los psiquiatras Pablo Malo (@pitiklinov) y Paco Traver (@pacotraver), los abogados españoles José Luis Sariego (@joseluissariego), Yobana Carril (@CeltiusAbogados), Antonia Alba Ortega (@antoniaalbaorte), que en el sur de España pretendió ser humillada por funcionarias feministas que le otorgaron un "anti-premio" y terminó dando una lección de derechos constitucionales (en Youtube, "Discurso valiente de Antonia Alba tras recibir de forma negativa el Premio Filoxera"), la criminóloga Paz Velasco de la Fuente (@CriminalmenteES), los abogados argentinos Déborah Huczek, Rubén Famá, Patricia Anzoátegui y Juan Carlos García Dietze, que defienden públicamente el principio constitucional de presunción de inocencia y a los niños manipulados -en general- por sus madres para que no vean al padre tras el divorcio, Anxo Dopico (@Carnaina), que traduce gran cantidad de artículos sobre estos temas del inglés al español y los divulga, la periodista española Berta de la Vega (@martinidemar), Cuca Casado (@sentisapiente)  y Leyhre Khyal (@LKhyal) en redes sociales españolas, entre muchísimos otros representantes de este movimiento. A esta lista habría que sumar las de las revistas online Disidentia (@Disidentia), de España, Areo (@areomagazine) y Quillette (@Quillette), editada en Australia por la psicóloga Claire Lehmann (@Clairelemon),  además de las revistas académicas angloparlantes de científicos que trabajan el tema de las diferencias de sexo.

 

Aunar fuerzas es la solución para que las personas pierdan el miedo a pronunciarse públicamente sobre ciertos temas. Este trabajo de base es muy evidente en las redes sociales. Mientras escribo estas líneas observo que mi primera participación para hablar sobre estos temas en medios audiovisuales de gran audiencia -los programas de televisión "Terapia de noticias", "Intratables", "Incorrectas", conducido por Moria Casán, la entrevista de Luciana Vázquez en el canal de La Nación y la de Alfredo Leuco en Radio Mitre, entre otros-, en un mes alcanzó en Youtube medio millón de vistas. El desencadenante había sido mi nota de opinión en el diario Clarín del 4 de enero del 2019, donde planteaba el quebrantamiento de garantías constitucionales por parte de muchas representantes del feminismo hegemónico y el clima de autoritarismo que se genera a partir de lo que no parece adecuado en términos de corrección política. El inusual eco que tuvieron estas participaciones es uno de los tantos indicativos de que un movimiento crítico está en marcha. Miles de varones jóvenes están siendo culpabilizados injustamente por el mero hecho de serlo. Se los considera co-responsables de los crímenes de una ínfima minoría, de fenómenos que solo están basados en malas estadísticas, de una seducción torpe y de interpretaciones distorsionadas a partir del cuestionable concepto de patriarcado. Son los que encuentran en el psicólogo canadiense Jordan Peterson alguien que los representa frente a un feminismo que ha devenido corporativo y no partidario de la igualdad de derechos.

 

Muchas personas críticas del feminismo son mujeres, pero fundamentalmente  se trata de varones  jóvenes que han crecido oyendo que eran violadores en potencia (el feminismo habla de una "cultura de la violación", una generalización indebida, puesto que la mayor parte de los varones repudian la violación), que los varones oprimen a las mujeres, ganan más que ellas por el mismo trabajo, se apropian de los puestos jerárquicos en empresas e instituciones y reciben ventajas de todo tipo. Muchos han empezado a darse cuenta de que el relato feminista no está sustentado en la evidencia, y que los datos que maneja están sesgados. En las redes sociales no deja de oirse la  consigna "Dato mata relato".

 

Si al feminismo le importara la igualdad, estaría tan preocupado por la baja representación de los varones en las carreras humanísticas como por la baja representación de las mujeres en las carreras técnicas. O se preocuparía porque cada vez más varones abandonan la educación formal o se suicidan. Lamentablemente en la mayoría de los casos esto no ocurre, puesto que no resultaría consistente con la narrativa del varón opresor, en particular si es blanco y "heteropatriarcal", lo que llevó a la cuenta española de Youtube "Un Tío blanco hetero" a presentarse con la frase "He perdido la cuenta de todos los privilegios que tengo".

 

El grupo que tal vez refleja en mayor medida y en forma extrema el impacto del "hembrismo" (el desprecio o discriminación hacia los varones) es el MGTOW (Men Going Their Own Way, Hombres que siguen por su propio camino), formado casi exclusivamente por varones que proclaman como objetivo el alejamiento de cualquier relación afectiva con las mujeres, ya que consideran que son abusivas y basadas en el interés.  Cultivan una narrativa que con frecuencia refleja una actitud victimista parecida a la del feminismo hegemónico, como cuando la directora del suplemento femenino del diario Página 12 Martha Dillon señala que la pareja heterosexual es un factor de riesgo para la vida de las mujeres, una aseveración extrema que no tiene en cuenta que la violencia sexual proviene de un porcentaje ínfimo de varones. Algo así como sostener que estar vivo es un factor de riesgo que acrecienta las posibilidades de estar muerto (Marziotta, 2018).

 

El capítulo 9 trata sobre los problemas específicos que padecen los varones en la sociedad contemporánea, y sobre los que han padecido en el pasado. Por ejemplo, son los que han hecho y hacen las tareas más peligrosas, quienes protagonizan el 73% de los accidentes de trabajo (Superintendencia de Riesgos del Trabajo, 2018) y quienes más abandonan la escuela y la educación formal en todos sus niveles (en Argentina el 68,3% de las mujeres y el 53, 5% de los varones que comienzan el colegio lo terminan, Observatorio Argentino por la Educación, 2011-2016, en Fernández, 2028; la tendencia es mundial, tal como reflejan los libros de Christina Hoff Sommers, 2001 y Susan Pinker, 2009).También son quienes construyen las casas en las que vivimos, quienes ofrecieron su vida en la guerra para liberarnos del nazismo, quienes bajan a las minas y se cuelgan de una soga para arreglar cables en lo alto. Mueren en promedio siete años antes pero en Argentina y en muchos otros países se jubilan después, son los que padecen un mayor número de asesinatos y suicidios, los que más viven en la calle y -como veremos- los que más padecen el quebrantamiento del principio constitucional de igualdad ante la ley.

 

Adam Jones llamó "generocidio" a la manera en que se invisibiliza la muerte de varones bajo el rótulo de muerte de  "personas", mientras se destaca el sexo del muerto solo cuando la víctima es una mujer. Un estudio de Sonja Starr del 2014 mostró que en Estados Unidos los hombres son sentenciados en promedio a seis años más de cárcel que las mujeres por un mismo delito, sin mencionar el hecho de que en los Estados en los que rige la pena de muerte, solo se les aplica a los hombres, ya que en la práctica, aunque haya sentencia, no se convierte en efectiva. Los movimientos que luchan por los derechos del varón también reclaman por los derechos reproductivos y sexuales, para que se prohiba la circuncisión y en contra del llamado “fraude de paternidad”, que es la situación en la que la mujer engaña a un hombre para quedar embarazada diciéndole que utiliza algún método anticonceptivo.

 

El capítulo 10 aborda el tema de la maternidad, una problemática descuidada por el feminismo hegemónico, en particular cuando las mujeres jóvenes y formadas profesionalmente deciden abandonar su carrera para criar a los hijos. El enfoque preponderante en el feminismo es el que todavía juzga extemporáneamente que se quiere recluir a la mujer en el hogar, sin que haya evidencia de esto. Analizaremos qué pasa en los países con mayor igualdad de género y en los grupos económicamente favorecidos, donde parece haber una mayor tendencia a que las mujeres retomen los roles tradicionales. Nos preguntaremos si es ética y políticamente deseable que una mujer se dedique solo al hogar y a los hijos, o si existe algún tipo de compromiso ético que todo ciudadano debe asumir con tareas que excedan el marco de su círculo familiar. Como tema filosófico es fascinante, ya que está en el cruce de diversos principios de justicia y de variadas consideraciones.

 

Los orígenes del feminismo se remontan al Renacimiento, y esa línea fue asumida por el feminismo de la primera ola, un movimiento racional e ilustrado que reclamó el derecho de la mujer a recibir educación y el acceso a los derechos civiles. La conquista de esos y otros derechos fue uno los grandes logros del siglo XX. Aunque no comparta buena parte de los objetivos del feminismo contemporáneo, apoyo el proyecto de despenalización del aborto y daré mis argumentos en el capítulo 11, que está dedicado a los reclamos del feminismo que considero legítimos. Se examinarán allí cuestiones como las licencias de maternidad y paternidad, que deberían ser ampliadas a 52 semanas distribuidas entre el varón y la mujer, tal como ocurre en los países con mayor igualdad de género, el acceso a guarderías, si es necesario retribuir el trabajo reproductivo o si esa tarea ya es compensada en términos económicos por el aporte mayor que en promedio hace a la casa el varón, cuando la economía es  compartida. El 69% de los hombres y el 31% de las mujeres que están en pareja aportan la mitad o más de los ingresos del hogar, según un estudio hecho con 4971 adultos por la Pew Research Center’s American Trends Panel en Estados Unidos (Parker, 2017). Es decir, la mayoría de las mujeres en pareja de ese estudio reciben plata de los varones, una cifra que los datos que se divulgan sobre brecha salarial no tienen en cuenta. También abordaremos el tema de los cupos femeninos, tanto en el ámbito de la política como en la esfera privada.

 

El feminismo hegemónico no es el único activismo científicamente desinformado en cuestiones de género. También grupos conservadores como los que representan Agustín Laje y Nicolás Márquez defienden perspectivas pseudocientíficas y constructivistas sociales en relación a la homosexualidad y al transexualismo, patologizándolos, así como promueven políticas públicas cuya efectividad no está basada en la evidencia científica, y que por tanto no favorecen la disminución de la violencia ni otros problemas pendientes en la agenda de género. A reflexionar sobre este tema está dedicado el capítulo 12.

 

El siguiente capítulo desarrolla una perspectiva política frente a la problemática de género, puesto que la condición de posibilidad para la resolución de muchos conflictos asociados a hombres y mujeres requiere adoptar un marco más amplio que el de la agenda del feminismo o la del masculinismo (el movimiento que defiende los derechos de los varones). Cuando escribo estas líneas, en el mundo occidental el feminismo ocupa uno de los lugares centrales de la agenda pública. No ocurría lo mismo décadas atrás, cuando era casi impensable que amigas o amigos se distanciaran o una pareja se separara por tener una perspectiva muy distinta sobre este tema. Por entonces ser de izquierda o de derecha era un valor central. Hoy temas de una relevancia cardinal como la pobreza o la desigualdad se ubican muy por detrás de los reclamos feministas, reconfigurando las agendas políticas de manera reactiva. Mientras el feminismo hegemónico es identificado con la izquierda -no discutiremos acá si se trata o no una auténtica izquierda- los críticos del feminismo tienden a alinearse en la derecha del espectro político. No es del todo imposible que el rechazo a ideas y procedimientos del feminismo hegemónico hayan ganado más simpatías por la derecha que el rechazo al capitalismo como sistema. Como escribió en Twitter un adolescente crítico del feminismo: "Yo era progre y de izquierda. El feminismo me hizo conservador y de derecha. Repulsión, eso es lo que generan".

 

El partido español de extrema derecha Vox es el único que se opone en España a la Ley Integral de Violencia de Género, lo que constituye una invitación a que todos los críticos y desfavorecidos por las políticas de género emigren a la derecha, donde se promueven políticas que incrementan la violencia y la desigualdad, tal como veremos más adelante, apoyándonos en evidencias empíricas.  Agustín Laje y Nicolás Márquez representan en Argentina a esa derecha que ganó adeptos entre los jóvenes críticos del feminismo, por lo que este capítulo referirá también a "El libro nuevo de la nueva izquierda", que escribieron en conjunto, y a las ideas de autores angloparlantes que enmarcan las problemáticas de género en un marco político.

 

La historiadora Inmaculada Alva, de la Universidad de Navarra, cree que la polarización es consecuencia del extremismo que caracteriza a muchas formadoras de opinión en el feminismo. Cuando un movimiento se radicaliza, ganan los opositores. En un artículo del portal VozPopuli titulado "El auge de los 'influencers' que cuestionan el feminismo radical", Alva también se vale del término hembrismo, al que diferencia del término feminismo. "Mientras que las feministas luchan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, el hembrismo es equiparable al machismo", dice, y distingue al feminismo que nace a finales del siglo XIX con la finalidad de que las mujeres puedan acceder al voto, del feminismo radical que aparece en los sesenta alrededor del concepto de patriarcado y del deprecio por el varón.

 

Esto no significa que no haya críticos del feminismo que se identifiquen con la izquierda. Pero los errores de la izquierda, mal que me pesen porque me identifico con un modelo de izquierda democrática y no autoritaria, han hecho que miles de jóvenes emigraran en masa a la derecha. El autoritarismo de los grupos supuestamente progresistas, su inclinación por lo políticamente correcto más allá de todo examen racional, su defensa de perspectivas pseudocientíficas tales como la denuncia de los transgénicos, que no han dado evidencia de ser nocivos, y su apoyo a un feminismo autoritario y también basado en presupuestos pseudocientíficos, fueron algunas de las razones para que en todo el mundo occidental la derecha ganara adeptos que no necesariamente son seducidos por sus propuestas, sino que están motivados por el rechazo radical  de sus errores. Son esos varones jóvenes que a menudo padecen la androfobia que cultiva el feminismo radical quienes están mostrando su simpatía por grupos de derecha que proponen alternativas clásicas como el achicamiento del Estado, la reducción de impuestos para los poderosos y la conservación de una estructura básica de Estado-gendarme, un esquema que ha dado evidencias de no ser eficaz si analizamos cuáles son los países del mundo con mayores índices de desarrollo humano.

 

Creo, no obstante, que la izquierda puede y debe recuperar la racionalidad que signó a sus creadores, pero que esto no ocurrirá si no revisa algunos de sus desarrollos teóricos y algunas de sus prácticas más habituales. Las plataformas de los partidos de derecha están incorporando críticas al feminismo hegemónico, entrelazando estrechamente las políticas públicas con la problemática de género. Sin buenos diagnósticos, también en este área el Estado seguirá malgastando el dinero público y peligrarán garantías constitucionales básicas.

 

En virtud de su marco posmoderno, que no reconoce la existencia de la verdad y se declara prescindente de todo juicio moral más allá de la propia cultura, el el feminismo hegemónico no critica a los violadores si son inmigrantes, paradójicamente contribuyendo a ocultar situaciones de precariedad social que podrían llegar a contribuir al incremento de la violencia. La mera mención de este tema eleva el termómetro de lo políticamente correcto y dispara una ametralladora de insultos. El hecho de que la izquierda no pueda hablar del problema que puede llegar a representar la inmigración, que abordar este tema sea considerado sinónimo de xenofobia y racismo, en lugar de pensar si su integración social y económica en condiciones dignas es posible, sin que el inmigrante se convierta en un ciudadano de segunda categoría, ha engrosado las filas de los simpatizantes de la derecha que, como señalamos párrafos atrás, no promueve soluciones políticas basadas en la evidencia ni para las cuestiones de género ni para el bienestar humano en general (Márquez y Laje, 2016).

 

Mientras en la década del setenta lo que casi con exclusividad más identificaba a los jóvenes era la política, hoy ese sentido de pertenencia para muchas jóvenes está dado por el feminismo. Casi toda joven en Buenos Aires ha recibido un piropo callejero, ha sido molestada por alguien en una discoteca, y accedió a los datos dudosos que suele manejar el feminismo corporativo en las redes sociales. Sin negar que pueda haber causas válidas en sus reclamos, como la despenalización del aborto, el tribalismo y las visiones extremas que recorren profusamente las redes sociales muestran hasta qué punto el tema ocupa un lugar central en los valores de quienes merodean los veinte años.

 

Una de las limitaciones más severas que afecta a la problemática de género es la dificultad para que los ciudadanos hablen libremente y sean oídos con principio de caridad, un valioso instrumento del diálogo que sugiere, entre varias interpretaciones posibles, optar por la más benevolente y racional para el interlocutor. A diario recibo mensajes de personas que me cuentan sus experiencias y sus críticas al feminismo hegemónico, pidiendo que por favor no las mencione en las redes porque no quieren padecer la sanción social de no adecuarse a lo políticamente correcto. Hay verdades que resultan incómodas, y pareciera que lo más seguro fuera pronunciarlas solo por lo bajo. En cierto sentido, nos estamos pareciendo a las antiutopías autoritarias que muy bien describió George Orwell. El capítulo 14 hablará del autoritarismo que signa a buena parte del feminismo hegemónico y del imperio de lo políticamente correcto. Un académico líder en su área de investigación no adhiere al discurso de género y es obligado a renunciar a su puesto en una universidad pública por pedido de unos alumnos y en virtud de la crítica despiadada que recibe de colegas que ocupan posiciones de poder. Algunos críticos del feminismo escriben libros y artículos con pseudónimos. Científicos evolucionistas no expresan públicamente sus ideas por temor a ser despedidos.  Investigadoras de la problemática de género que ocupan primerísimos cargos de poder se niegan a revisar los innumerables trabajos científicos que muestran la inexistencia de desigual paga por el mismo trabajo en hombres y mujeres -la llamada brecha salarial- apelando a su mera convicción al responder  "te puedo asegurar que no es así".

 

Frente a denuncias públicas sobre violencia sexual acerca de las cuales no ha fallado la justicia, muchos periodistas realizan preguntas complacientes o no requieren evidencias por temor a perder su fuente de trabajo. Uno incluso sostuvo que está dispuesto a creer a una denunciante por el impacto emocional que le genera su mirada. Lo políticamente correcto es una fachada que corroe el espíritu crítico de las democracias modernas, cuya condición de posibilidad es la libre expresión de las ideas.

 

Ni bien me contacté con algunas formadoras de opinión del feminismo planteando respetuosamente discrepancias y datos que resultaban inconsistentes con sus planteamientos, me topé con silencios, bloqueos en las redes, insultos, injurias propagadas ante miles de personas en las redes sociales y descalificaciones de todo tipo. Luego advertí que esta falta de diálogo y apertura a otras perspectivas sobre el tema era sistemática, no en cada persona que se define como feminista sino en una proporción considerable de quienes militan públicamente en este movimiento, y en distintos países occidentales se reflejaba también en una serie de actos violentos que desarrollaban en universidades norteamericanas, por ejemplo, procurando suspender conferencias críticas del feminismo como las de Christina Hoff Sommers, o gritando en medio de debates como el que organizó el filósofo Peter Boghossian, junto a la historiadora de las mujeres Helen Pluckrose, la bióloga Heather Heying y James Damore, el empleado acusado falsamente de "machismo" y despedido de Google solo por sostener que la biología es uno de los factores que influye en que haya  pocas mujeres interesadas en la computación, algo respaldado por un voluminoso cuerpo de evidencias científicas. La cerrazón y el dogmatismo también derivaron en el fanatismo que pretendió boicotear el estreno de las películas "Borrando a papá" en Argentina y "Silenciados" en España, que tratan sobre las desventajas y el sexismo que padecen los varones, algo que debería importar a todo movimiento que trabaje por una verdadera igualdad de género.

 

En el último capítulo, el 15, ya estaremos en condiciones de responder si aún vivimos en un patriarcado. Esta no es una novela policial, así que me permito adelantarles cómo termina:  el patriarcado no es el asesino. Dicho de otra manera: este libro busca mostrar con evidencia empírica y argumentos que en Occidente no vivimos en un patriarcado, y que también es posible comprender la historia de la civilización a partir de otros esquemas interpretativos, y mediante consideraciones mucho más matizadas que la que propone la definición de Silvia Walby cuando entiende al patriarcado como "El sistema que autoriza a los hombres a explotar a las mujeres" (Walby, 1990, p.20). Esto no significa sostener que el sexismo y las desventajas no existen más, sino que son padecidos tanto por las mujeres como por los hombres, y que su presencia no implica la dominación generalizada de un sexo sobre otro. Cualquier estudio riguroso de los datos muestra que a las mujeres no nos va peor en todo, y que un verdadero movimiento por la igualdad debe considerar también los problemas específicos de los varones.

 

Es recomendable seguir el orden de lectura propuesto por la sucesión de capítulos, fundamentalmente porque la primera parte, en la que se desarrolla un marco biológico para las problemáticas de género, permite comprender más acabadamente la segunda. No obstante, la lectura puede ser más azarosa porque las temáticas son diversas y los capítulos, autónomos entre sí.

 

Lamentablemente no existen muchos trabajos académicos en español en los que se cuestione al feminismo hegemónico. La disidencia en los países angloparlantes está representada en el ámbito académico y cultural por una considerable cantidad de investigadores en psicología, neurociencias, historia y antroplogía de perspectiva evolucionista, y en español el debate se desenvuelve fundamentalmente en redes sociales que a menudo ofrecen muy buena información original, además de síntesis de los debates que tienen lugar en los países anglosajones.

 

Este libro seguramente será controvertido. No está dedicado a los dogmáticos, a quienes no están dispuestos a examinar las evidencias aún cuando crean que contradicen sus concepciones previas. Habrá personas que abandonarán la lectura ante el menor desacuerdo, muy probablemente será descalificado con motes que recibo a diario como "biologicista", "positivista", "no científica" "fomentadora del machismo" y otros ataques personales que constituyen falacias ad hominem (contra la persona, sus intenciones o los rasgos que se supone que posee). No importará que aclare que, al igual que la inmensa mayoría de los científicos, sostengo que tanto la biología como la cultura influyen. Cuando no se desea pensar en base a la evidencia sino a la ideología,  poco importa oír lo que dice el interlocutor. Mediante esta predisposición el mundo se presenta con el cristal de lo deseado y luego se descalifica todo lo que no encaje en este esquema ideal. Una suerte de cama de Procusto, en la que el conserje del hospedaje estiraba las piernas de los huéspedes demasiado bajos para que alcanzaran el límite del lugar de reposo, y las serruchaba cuando eran demasiado altos.

 

Todo libro es una botella al mar, e imagino que la pueden rescatar quienes lean con la predisposición filosófica de abrirse a nuevas hipótesis, sin aceptar ninguna sin evidencia suficiente, avanzando aún cuando algunos pasajes susciten extrañeza o desacuerdo, en un diálogo con ideas previas que podría mejorar su entendimiento de las particularidades de hombres y mujeres, de su vida y de la sociedad en su conjunto. La verdad no es sexista:  si queremos cambiar el mundo, primero deberemos comprenderlo.

 

Quiero agradecer a las numerosas personas que colaboran conmigo para llevar adelante las redes sociales y que indirectamente también han colaborado en este libro: Anxo Dopico, Víctor Hurtado Oviedo, Marcos Cueva, Amauri Tadeo Martínez, Matías Lionel Arlia, Matías Pandolfi, Daniel Jiménez,autor del libro "La deshumanización del varón" y editor del sitio de internet "Hombre, género y debate crítico", entre muchos otros. También quiero agradecer a los periodistas Hernán Firpo, Alfredo Leuco, Nancy Giampaolo, Fabián Bossoer, Nicolás Moras  y Gloria López Lecube por haber sido los primeros que se animaron a publicar en la prensa artículos con una perspectiva crítica del feminismo hegemónico. Valeria Berman es otra periodista que está reflexionando sobre el feminismo desde una perspectiva crítica. Formada en cuestiones de género, empezó a advertir algunos problemas en el feminismo y alertó sobre “un clima de época” que “da vuelta las cosas presentando a todo ser humano varón como indigno”. Sin que mediara denuncia judicial ni pericia alguna, una joven denunció en Facebook a su hijo adolescente de haberla violado. En la entrevista que le realizó Nancy Giampaolo titulada “Hay una necesidad fuerte de empatizar con el relato feminista victimista”, publicada en el portal de internet Noticias Entre Ríos, Valeria declara: "Ella cuenta que le dio su consentimiento, estuvieron de la mano, se dieron un beso y ella lo invitó a dormir. Hay inconsistencias en el relato que me hicieron comprender que no hay un real discernimiento acerca de qué es una violación, qué es decir que sí, pero tener sexo sin ganas, qué es un acto con violencia y qué no, y aunque lo primero que quise fue hablar con ella, se negó. Me preocupé mucho por esta situación y conversé con mi hijo, llegando a la conclusión que esta chica habría tenido una percepción distorsionada, pero la palabra violación es demasiado fuerte tal como la conocemos y el hecho en sí tiene características que no aplican, en cualquier caso. Cuando sucedió esto me fui enterando de muchos otros casos: madres que me decían ´a mi hijo también le pasó´. Entonces me junté con ellas y en todos los casos fui comprobando que los adolescentes de entre 13 y 18 estaban teniendo enormes problemas para relacionarse sexualmente" (Giampaolo, 2018).

 

Por último, mi gratitud con Gerardo Primero por sus críticas y comentarios, en particular los que provienen de su ámbito de competencia, la psicología y la filosofía de la ciencia,  y con Gonzalo Garcés por apostar a este proyecto, por animarse a hablar públicamente sobre este tema y por la lectura atenta que realizó desde la triple perspectiva que le brinda ser él mismo escritor, editor y con una mirada crítica y matizada sobre las relaciones entre hombres y mujeres.

 

 

 

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