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La plaza central de Marrakech,

Patrimonio de la Humanidad

 Caminar por el casco antiguo de Marrakech es como formar parte de una película de época, no solo por las construcciones sino por las personas que circulan por la calle. Hombres con vestidos blancos, mujeres con atuendos largos de colores y pañuelos en la cabeza haciendo juego. Es sentirse parte de “Otello”, de Orson Wells, de “El hombre que sabía demasiado”, de Hitchcock, y de “Alejandro Magno”, todas películas rodadas en la Jeinaa el Fna, la plaza central, que hoy es Patrimonio de la Humanidad. No está cuidado como los cascos antiguos de las ricas ciudades europeas, y aún así es hermoso. El día en que los marroquíes accedan fácilmente a un aire acondicionado, ¿seguirán visitándola? Abdul me cuenta que las mujeres salen después de preparar la cena porque durante el día la casa acumula mucho calor. Nunca van solas, las acompaña otra mujer, o dos que suelen ser vecinas o familiares, o un hijo, o el marido. Llegué a Marrakech un feriado, el último día de Ramadan, y la vista de la célebre plaza me desilusionó. Fue como ver la Plaza Once vacía. Pero al día siguiente comprendí porqué la Unesco le otorgó la célebre distinción. No es, como en otros casos, por la arquitectura, ni por un paisaje, sino por la riqueza humana que por allí transita. El nombre significa “Asamblea de los muertos”, ya que tiempo atrás allí se exhibían las cabezas de los criminales ajusticiados. Como era un día de semana, me sorprendió ver una multitud de paseantes. Había encantadores de serpientes, tatuadores de la palma de la mano, grupos musicales de percusión, hombres vestidos como los tradicionales aguateros, adivinas, juegos de apuestas, tiendas de especias coloridas y aromáticas. Un foco de atención era un hombre que arrastraba a otro que tenía una suela de zapatilla en cada oreja y una soga que recorría todo su cuerpo, especialmente los genitales. Dos niños de unos diez años boxeaban. Uno cobraba por pesar en una de esas viejas balanzas de baño. Al caer la noche aparecieron los vendedores de las hermosas lámparas árabes que llevan una vela adentro, los humeantes puestos de comida, colmados de turistas bebiendo sopa de caracoles pese a que las guías de viaje informan que lavan los platos con el mismo agua durante toda la noche.

La mayor parte de las personas que circulan por la plaza son vecinos. Agosto es temporada baja, por el calor. De noche el clima es muy agradable, no llueve, no hay nubes, y de 14 a 16hs la mayoría de los negocios cierran.

El asedio al turista es constante y muy molesto. Negarse gentilmente a entrar a un puesto de comida puede llevar al joven vendedor a comunicarle al fallido cliente a qué animal le recuerda su cara. No acordar un precio suele implicar que el vendedor se quede profiriendo insultos por lo bajo. Llegar a un acuerdo también, aun cuando el precio sea claro y por escrito. En dos oportunidades acordé precios para sacarme una foto con hombres vestidos con atuendos tradicionales, y luego me persiguiron por toda la plaza para que les pagara una fortuna no acordada. Mi primera experiencia en Marruecos fue del mismo tenor. El taxi que el hotel prometió enviar al aeropuerto falló. Pregunté en el puesto de información cuánto debía pagar (no más de 10 euros, dijeron, ya que no es lejos) y después de acordar el precio con el taxista y de camino al hotel, el hombre reprochó e insultó en francés durante todo el viaje a los gritos, pese a mi silencio, mientras manejaba temerariamente por estrechas callejuelas y escupía sonoramente por la ventana.

Marruecos tiene un 30% de pobreza y un 40% de analfabetismo, en plan de ser reducido ya que ahora casi todos los niños van a la escuela. Vi mendigos que teatralizan su situación en una postura física, y un niño que tiraba de la ropa de una turista para que le diera algo de plata, mientras uno más grande que apareció después le pidió a la misma mujer, provocando el enojo y el llanto del más pequeño.

En Marruecos hay muchos hurtos, pero no es común el robo con violencia. Pueden sustraer una billetera si el peatón se descuida, pero no interceptan por la calle para que se la entreguen.

Los relatos de viajeros españoles enseñan a regatear en los zocos o bazares. Sin regateo, el vendedor se frustra, declaran. Me negué a entrar en el juego, pero un sencillo collar me llevó a renunciar al inquebrantable principio. Según algunos viajeros, hay que ofrecer un quinto de lo que piden, y subir a un tercio del precio original. La primera vez me fue bien, no así la segunda. Siempre soñé con tener una gargantilla marroquí, de esas que son de plata y tienen piedras de colores incrustadas. Por mí podrían ser de hojalata, pero no hay de ese material. Seguí el ritual del regateo y el vendedor apenas bajó el precio. Cuando me fui, pese a mi cortesía, quedó insultando por lo bajo. En otro negocio de las mismas gargantillas, en el que el precio de anclaje inicial fue totalmente distinto por un producto parecido, la experiencia fue idéntica.

El día terminó en el restaurante que la guía de viajes recomendaba como bueno y barato, Chez Chegroumi, desde cuya terraza puede observarse una perspectiva de toda la Jeinaa el Fna. Comí pastila, una masa de hojaldre rellena con pollo con almendras y canela, es dulce y muy rica; tajine de carne, ciruela y cebolla, un plato que viene con un casco cónico en el que se cocina. Lamentablemente era caracú, había más grasa que carne y tuvo sabor a poco. También pedí sopa, ya que los árabes, como los chinos, toman sopa aún en pleno verano. Todo esto, más una botella grande de agua, costó seis euros con cincuenta.

Al salir la plaza estaba en su mejor momento. Se oían tambores con deliciosas síncopas y aromas exquisitos perfumaban el ambiente. Una media luna coronaba la mezquita. Cada una de las cientos de caras con las que me crucé me parecía fascinante. Sentí el roce de los cuerpos como un abrazo multitudinario y lloré de emoción, dichosa de sentir tanta vida concentrada en un solo lugar.