Artículos de viajes                                   

 
 

Israel: modernidad y tradición

 

Israel, modernidad y tradición En Israel los valores de la sociedad tradicional y los del mundo moderno están en permanente conflicto. Entre los primeros, la identificación del Estado con la religión. Entre los segundos, un Estado de Bienestar sin miseria, con conquistas sociales       envidiables y tecnología de punta.

Entre los rasgos propios de la sociedad tradicional, la educación religiosa (el Estado no garantiza el acceso a un panorama general del conocimiento, parcialidad que no promueve la convivencia en la diversidad. El viernes a la noche, que es el equivalente a nuestro sábado, no hay transporte público, ni siquiera para los que no creyentes. Solo existe el casamiento religioso. Se discute si el Estado debe seguir manteniendo a los ortodoxos. No trabajan, se reproducen como conejos y se dedican a orar y a estudiar los textos sagrados. Hay un Ministerio de Asuntos Religiosos que instala templos en los kibutzim, las comunidades agrícolas que tradicionalmente habían sido laicas. Israel es el único país del mundo en el que vi un templo dentro del aeropuerto. También hay uno dentro de la universidad de Tel Aviv. En un comienzo negaron la habilitación, pero como traía buena plata bajo de la manga, finalmente la aceptaron.

En Jerusalén hay más religiosos que en Tel Aviv. Se los ve leyendo la Biblia, orando en la calle o en la mesa de un bar, junto a otras personas que conversan animadamente. En la ciudad vieja conviven cristianos, judíos, árabes y armenios en un espacio muy reducido. En todo el país los carteles están en hebreo, árabe, inglés y ruso. El hebreo y el árabe son las dos lenguas oficiales.

En el barrio de judíos religiosos Mea Shearim hay locales en los que es posible elegir qué persona será objeto de un acto de caridad. Los afiches pegados en las paredes informan sobre los fallecidos en los últimos días. Las religiosas lucen vestidos largos oscuros y zapatos negros, peluca o turbante. A diferencia del resto de los ciudadanos israelíes, los judíos ortodoxos hablan idish en su vida cotidiana y utilizan el hebreo solo para rezar.

La comunidad religiosa más radical de Beit Shemesh promueve la segregación de género en calles, colegios y lugares públicos, hábitos que son repudiados por la mayoría. El propio gobierno califica como “terrorismo” a los ataques violentos de estos grupos extremos. Sin embargo, algunos sugieren que estas expresiones son más toleradas que las acciones violentas que provienen de los palestinos.

Las panaderías y los supermercados ofrecen hacia el fin de semana pan trenza, rogalaj (una factura con chocolate), y predominan la comida árabe y sefaradí (descendientes de los judíos hispano-portugueses). La asquenazi (originada entre los judíos europeos que se asentaron en Europa central y oriental) es muy difícil de encontrar.

Algunas conquistas propias del ideal moderno: en Israel no hay indigencia ni mendigos por las calles; existe una Asignación Universal por Hijo que cobran sin excepción todos los niños. Hay subsidios para los adultos mayores, la mujer divorciada y el niño con problemas físicos o psicológicos. Si lo necesitan, los mayores reciben ayuda en su casa para limpiar, cocinar o hacer las compras. Por lo general esa tarea no está en manos de israelíes sino de tailandesas. Como en otros Estados de Bienestar, los trabajos menos calificados están a cargo de extranjeros, en este caso de palestinos, chinos, tailandeses y judíos etíopes.

Israel es uno de los países del mundo con más premios Nobel per cápita. Desarrolla tecnología de punta en programas de computación (un israelí inventó el pendrive) y en los sistemas de riego por goteo que se utilizan en todo el mundo para ahorrar agua. Las plazas tienen juegos sofisticados y pisos blandos para amortiguar las caídas de los niños.

Los kibutzim constituyeron la parte más progresista del Estado de Israel, fundado en 1948. Fueron (y algunos todavía son) comunidades socialistas, con trabajo rotativo y retribución de acuerdo al esfuerzo. Hoy muchas de estas comunidades han cambiado decisivamente. En lugar de rotar en el desarrollo de los trabajos menos calificados y desagradables, contratan a empleados de afuera del kibutz para que los desarrollen.

Visité a Raquel y Daniel en el kibutz Magal, donde viven en una casa hermosa, con vitrales y objetos que adquirieron en sus viajes por el mundo. Él es músico. En su momento el kibutz aprobó que se dedicara por completo a su profesión fuera de la comunidad. Antes había trabajado recolectando naranjas y luego dedicó los sábados a contribuir con algún trabajo manual a la comunidad. Hoy el 7% de su sueldo va a la caja común, y además paga otros impuestos.

Al que no tiene trabajo el kibutz le ofrece una renta básica de 1500 dólares. En un comienzo en los kibutzim se comía en ámbitos comunitarios. Ahora solo algunos se reúnen en espacios comunes para el almuerzo.

En Israel hay más de 250 kibutzim. A muchos la privatización los salvó de la bancarrota. Otros son ricos y ayudan a los kibutzim más pobres, exportan productos a todo el mundo, o venden terrenos donde construyen casas quienes no forman parte de la comunidad.

Daniel abandonó la música durante dos años para ser Secretario General del kibutz (los cargos administrativos son rotativos). Raquel es actriz y en determinado momento sintió el compromiso ético de trabajar en el área administrativa, y lo hace aún ahora. Hay unos 80 kibutzim que mantienen la modalidad de trabajos manuales rotativos y el estilo tradicional.

En Jerusalén visité el Ramat Rachel, un kibutz que tiene hotel y restaurante. Es célebre porque la mitad de sus integrantes murieron luchando en la guerra por la independencia.

La modernización de Israel adoptó el esquema norteamericano en el desarrollo del transporte. El automóvil es el eje de la movilidad, y calculé que mató a más personas que todas las guerras y los ataques terroristas que se desarrollaron desde la fundación del Estado. Son más de 30.000 muertos, de modo que si el grupo terrorista Hezbollah quisiera matar israelíes le bastaría con financiar la construcción de autopistas. Un domingo a la mañana (es el equivalente a nuestro lunes), día de mucho tránsito, es posible viajar a paso de hombre de una ciudad a la otra. El transporte público no es eficiente. Sin auto particular, no es fácil trasladarse. Los problemas ocasionados por una movilidad no sustentable conviven con una buena educación vial, conductores que detienen el auto cuando pasa el peatón, y un sistema por el cual si las dos personas que van en la parte de adelante del auto no se calzan el cinturón de seguridad, suena una alarma. Si bien en Israel hay numerosos espacios verdes hermosos y muy cuidados, en la calle predominan los autos y no las personas. Hay más shoppings que locales, algo que también disminuye la cantidad de peatones.

Tienen el mismo sistema municipal de bicicletas públicas que en Buenos Aires. Los niños que circulan en bicicleta están obligados a llevar casco, una medida que muchos ciclistas reprueban porque consideran que desalienta el uso de la bicicleta. De más está decir que si el automóvil es el eje del transporte, los ciclistas están en serio peligro.

¿Cuál de los dos ejes predominará en el futuro, el de la sociedad tradicional o el de la modernización? Algunos israelíes sostienen que sin los ultraortodoxos Israel no tiene garantizada su continuidad, por cuanto serían ellos (¡incluso los que están en contra de la existencia del Estado de Israel!) los que garantizarían la diferencia específica (religiosa) que subyace en la constitución del Estado. Pero si pensamos en el judaísmo como una cultura, ese argumento se desvanece. Fundadores del Estado de Israel como Theodor Herzl no eran religiosos. Su objetivo era el de establecer un lugar en el que uno de los pueblos que más padeció la persecusión a lo largo de la historia pudiera vivir en paz. Ese antiguo proyecto (el de la paz) aún permanece inconcluso. El desafío de las generaciones futuras es el de asociarlo con sus avances modernos en términos de equidad y de justicia social.