HUMOR

En esta página pueden encontrar fragmentos del libro de Roxana  "La vuelta al mundo con filosofía" (2016)

 

Breves

Feliz cumpleaños: que en paz descanses

Terapia de regresión a las vidas pasadas

Escorpio: el signo de pregunta

 

Breves

 

Ahora cualquiera tiene una biografía no autorizada. Si alguien quisiera escribir la mía, yo estaría muy dispuesta a no autorizarla.

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La filosofía comienza con el asombro. El lifting termina con él: todas las emociones se reducen a la perplejidad. Estirarte la cara te arruga la vida.

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A mi edad cuando un hombre me dice un piropo por la calle me dan ganas de incluirlo en mi testamento.              

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Acaban de descubrir que el Viagra duplica el riesgo de oír menos. En breve las mujeres deberán gritar el doble para hacerles creer a sus amantes que están pasando una noche inolvidable.

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Acabo de oír una publicidad de antitranspirante para hombres que se burla de las chicas lindas y estúpidas que no entienden las metáforas. (“Me estoy asando”, dice él. Ella comenta: “¡Qué raro! No sale nada de humo”). Es discriminatoria y debería ser retirada del aire. Las chicas feas o no tan lindas también tenemos derecho a ser consideradas estúpidas.

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Por el auge de la ecología llega al país la costumbre europea de bañarse poco y prescindir del desodorante. Así que ya saben, si de ahora en más notan que no huelo del todo bien, no es porque sea roñosa. Estoy preservando el medio ambiente.

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Ayer estuve buscando novio en un sitio de internet. Me gustó un hombre. Es muy apuesto. Alto, profesional, le gusta el arte.Pero lo descarté porque en su perfil escribió: “Hablo tres idiomas extrangeros”. Me resulta imposible salir con alguien que ponga la ge donde va la jota. Mis amigas me dicen que no es una falta muy grave, que la confusión debe surgir porque “extranjero” tiene la sonoridad “ge”. Reconocen que si él no escribe bien no debe ser muy culto y que filtrarlo por ese motivo tiene su lógica, pero advierten que un solo error no debería llevarme a descartarlo.

Yo diciento. No quiero salir con hombres que cometan faltas de hortografía. Un indisio es un indisio. Hay que respetar las intuisiones. Nunca fayan.

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Lo que me gusta del verano es que socializa la menopausia.

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Ser uno mismo de la mañana a la noche es un abuso del principio de identidad.

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Lo que no me gusta de la muerte es que no voy a poder quejarme si me desagrada la experiencia.

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Hay algo que no entiendo de Freud: existiendo la comida, ¿por qué tanta obsesión con el sexo?

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La Iglesia condenó el consumo de drogas para uso personal. Estoy de acuerdo: la persona que consume drogas fantasea con entidades extraordinarias y todopoderosas que solo habitan en su imaginación.

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No creo en Dios porque no me gustan los hombres que se quedan en silencio cuando les hablo.

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Si el amor es ciego, ¿por qué diablos me tengo que depilar?

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Hablaron tan bien de mí que pensé que estaba muerta.

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Un estudio de la psiquiatra Luan Brizendine sugiere que las mujeres pronuncian unas 20 mil palabras por día, mientras que los hombres solo 7 mil. Pero no es cierto que hablamos demasiado. El problema es que tenemos que decirles las cosas 2,85 veces.

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Hija, cásate con un hombre que pueda ser un gran ex marido.

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Si alguien elogia tu inteligencia, lo más probable es que en el resto de la frase sugiera que sos un estúpido.

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En el Día del Maestro, quiero expresar mi gratitud a los incontables maestros que supieron encender en mí algún interés. Como me enamoré de todos, y hasta formé pareja con alguno, bendigo haber concluido la educación formal. Solo así logré estabilizar mi vida amorosa.

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Feliz cumpleaños: que en paz descanses

 

Cumplo años el 2 de noviembre, el Día de Todos los Muertos.

Ya estoy acostumbrada a la contradicción de haber llegado a la vida justo cuando se celebra la muerte. No me resultó fácil adaptarme. Durante la infancia mis cumpleaños no se diferenciaban mucho de un velatorio. Las compañeras de la escuela llegaban al festejo vestidas de luto, después de haber pasado por el cementerio. Como presente recibía orquídeas, crisantemos y tarjetas con extraños augurios: “Que descanses en paz. Te acompaño en el sentimiento de cumpleaños”. Harta de tanta necrofilia, durante la adolescencia me presenté en el Registro Civil.

—Quiero cambiar mi fecha de nacimiento —exigí.

—Eso no es posible— respondió el empleado de turno.

—Hay quienes cambian de nombre, modifican su sexo o su nacionalidad. ¿Por qué no voy a poder cambiar la fecha de nacimiento? —protesté.

—Porque usted nació ese día y no otro.

—Haber llegado a este mundo en un escenario temporal no es menos caprichoso que haberlo hecho en un marco espacial. Si es posible dejar de ser argentino para convertirse en norteamericano (¡e incluso gozar de nacionalidades simultáneas!), ¿a título de qué prohibir un cambio de natalicio?

—Usted es demasiado complicada. ¡No entiendo lo que dice! ¿Por qué no se dedica a la filosofía? —murmuró el dependiente y me mostró la salida.

Durante mi juventud la maldición continuó. Si bien mentía la fecha de cumpleaños, mis novios me abandonaban cada vez que descubrían la cédula de identidad, en la superstición de que me transformaría en un escorpión celoso y compulsivo y el inframundo del Hades se lanzaría contra nosotros.

A los 50 me empecé a preguntar a qué edad comienza la vejez. Pero eso es tan inútil como preguntarse con cuánta plata empieza la riqueza. Era la edad en la que no sabía muy bien si era víctima de la menopausia o del calentamiento global.

Si pensamos que nos hacen venir a este mundo cuarenta años antes de que empiece la vida (por eso de que la vida empieza a los cuarenta) podríamos decir que hoy cumplo 15 años.

Sea como fuere, para evitar confusiones tenemos que tratar a toda costa de ocultar la edad. Claro que ahí corremos el riesgo de que nuestra edad sea un mito, que nos agreguen años y los amigos de Facebook hagan apuestas para adivinarla. Pero si el INDEC anuncia que hay un 6,5% de pobres, ¿qué tiene de malo que yo diga que tengo 35 años? La última vez que le preguntaron la edad a Mirtha Legrand, respondió: “¡Preguntale al INDEC!”

¡Dejemos de pensar en la edad! Si no uno acaba por creerse más viejo de lo que es. El paso de los años tiene un montón de ventajas. La celulitis, por ejemplo. Tiene remedio. Es gratuito y se llama presbicia. Otra ventaja es que no hay que depilarse más. A mí nunca me gustó depilarme porque me parece que es una forma de disimular que descendemos del mono. Lo mío no es falta de elegancia sino un apoyo militante a la teoría de la evolución. Otra ventaja es que no ves el número de los colectivos, caminás y eso es bueno para la salud. Además, vistas de cerca las personas parecen obras de arte, cuadros de Picasso, con dos narices, dos bocas, cuatro ojos. Tampoco tenés que comprarte más discos, porque la música que te gustaba a los veinte empieza a sonar en los ascensores.

Hay formas de no envejecer. Podés hacer como Nacha Guevara y tomás ocho litros diarios de agua mineral. No sé si vas a parecer más joven pero pasarás buena parte de tu vida en el baño y mucha menos gente notará que estás envejeciendo. Otra forma de no envejecer es seguir el consejo de Agatha Christie y casarse con un arqueólogo: cuanto más vieja te pongas, más interesante te va a encontrar. O formar pareja con un corto de vista, que te encontrará cada día más linda gracias a la miopía y al amor. O no usar corpiño, porque gracias al prodigio de la gravedad se te borrarán instantáneamente las arrugas de la cara sin apelar al lifting, que es mucho más caro y te convierte en una momia viviente.

Los antiguos hindúes no contabilizaban la vida en años. Otros pueblos también ignoraron la edad, los aniversarios y demás supersticiones que nos inculca el sistema decimal. Ya no me voy a preocupar más por la edad ni por las arrugas del rostro, si no por las del corazón. Porque los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma. La vida humana no transcurre sólo en el tiempo sino también en el argumento. Como decía una tarjeta que me regaló años atrás mi amiga Martha: How old would you be if you didn´t know how old you are? (¿Qué edad tendrías si no supieras qué edad tenés?).

Se dice que cuando Galileo, ya septuagenario, había sido arrestado por la Iglesia para protección de su alma inmortal, alguien le habría preguntado: “¿Cuántos años tiene, maestro?” Galileo habría respondido: “No sé. Quizá cinco años, tal vez diez”. Su interlocutor habría exclamado: “¡Cosa dici, signore Galileo! ¡Tu non sei un ragazzo! Galileo, imperturbable, le habría respondido: “Los años, como el dinero, se van gastando a medida que se vive. Los años que tengo son los que me quedan por vivir”. Lo que realmente importa es comprobar que, al final de cuentas, la mejor edad de la vida es estar vivo.

Hice las paces con el Día de los Muertos. Ya no cumplo años, resucito. El nacimiento nos plantea una condición. Quiso el azar que no pueda dejar de recordarla cada 2 de noviembre. ¡Que en paz yo los cumpla! ¡Que los cumpla yo en paz! Espero que cada 2 de noviembre me acompañen en el sentimiento y que Diógenes me tenga en su gloria. Quienes lo juzguen pertinente, pueden saludarme con epitafios. Ya estoy inmunizada.

 

Terapia de regresión a las vidas pasadas

¿Conocen la terapia de regresión a las vidas pasadas? Entre los avisos pagos (imposibles de borrar) que colocan en mi perfil de Facebook hay uno que me invita a someter a escrutinio psicoterapéutico las multitudes que fui. Me gustaría compartir mi experiencia por si alguien quiere saber de qué se trata. Para los amigos del extranjero: en Buenos Aires hay 12.403 psicólogos por habitante, y dado que todo porteño hace psicoterapia, analizar una sola vida per cápita resulta insuficiente.

No conformes con analizar quiénes somos y quiénes fuimos, deseamos saber quiénes somos habiendo siendo otros, e incluso quiénes seremos siendo nosotros, vosotros y ellos pero siempre siendo nosotros (lo que explica también el suceso de las mancias de todo calibre). Los habitantes de la ciudad de Buenos Aires buscamos ser más sabios que Sócrates, cuyo lema, como es sabido, promueve el conocimiento de uno mismo. Nosotros no solo aspiramos a conocernos a nosotros mismos sino también a conocernos en los demás.

Al principio yo desconfié de la terapia de regresión a las vidas pasadas en la certeza de que la actividad mental nace y muere en el cerebro. Dado que la memoria depende de nuestra actividad neural —pensaba—, no es posible recordar episodios anteriores a nuestro nacimiento. Pero esas convicciones ya no me pertenecen. Cansada de que mi analista me negara el alta después de 38 años ininterrumpidos de psicoterapia (sospecho que comprensiblemente lo hacía para conservar su fuente de trabajo), le pedí que probáramos con la terapia de regresión a las vidas pasadas, en la esperanza de que la muerte de algunos de los que fui pusiera fin a nuestro apego.

Para mi sorpresa, tras largas sesiones de hipnosis descubrí que fui María Magdalena, Penélope, el tirano Dionisio de Siracusa, Pilatos, una campesina vietnamita, Napoleón Bonaparte y un molinero holandés. Encontré la razón de ser de atracciones, rechazos inexplicables, miedos, bloqueos, somatizaciones y situaciones clave no comprendidas. Ahora me queda claro por qué aguardo a náufragos que nunca vuelven, pretendo someter a toda mi familia a mis caprichos, me gustaría conquistar Europa, adoro el arroz yamani y la harina bien refinada.

Hace poco me enteré de que en Buenos Aires hay 9.604 odontólogos per capita y —al igual que ocurrió con los psicoterapeutas— ya hemos exportado todos los que podíamos a España, por lo que empezó a desarrollarse la odontología de vidas pasadas, una revolucionaria disciplina que arranca de raíz nuestras caries y gingivitis presentes.

Mi problema ahora es que siendo tantas personas estoy más lejos que nunca de obtener el alta en mi psicoterapia. Ulises no podía regresar a Ítaca. Yo, Penélope (entre otros), no puedo regresar a Roxana. Adquirí un TOC (Trastorno obsesivo compulsivo): me resulta imposible parar de tejer y estoy desesperada.

Otros volvieron y fueron millones. Yo soy millones y quiero volver a ser una. Si en Facebook les pide amistad Napoleón Bonaparte, ya saben de quién se trata.

 

Escorpio: el signo de pregunta

Soy judío, morocho y sudaca, pero tengo la suerte de no haber sido discriminado nunca por estas características. Mi problema comienza cuando las mujeres me formulan una pregunta que las lleva a clickear “delete” y a huir de mí lo más rápido posible.

—¿De qué signo sos? —suelen inquirir en la primera cita.

—Del de pregunta —respondo, rozándoles distraídamente la pierna—, con ascendente en el de exclamación, compatible con paréntesis, comillas y puntos suspensivos. No quiero que me adivinen el futuro sino el presente, que siempre se me escapa.

Solo soy chancho cuando como carré y no quiero que me tiren las cartas porque las necesito para jugar al truco.

—No, dale, ¿de qué signo sos? —insisten.

—Del que vos quieras, preciosa —les digo con mi sonrisa más seductora.

—¡Respondeme!— me apuran.

Ahí llega el momento tan temido.

—Bue… e-e-scorpio —murmuro.

—¿ESCORPIOOOOO? —dicen levantando la voz, entre sorprendidas e indignadas.

—¿Y qué tiene?— me defiendo.

—¿No es obvio? Los de escorpio tienen un carácter de mierda, y todo el tiempo están pensando en el sexo.

—Bueno, no todo el tiempo pienso en el sexo, de a ratos también lo practico.

—Yo soy de Virgo. Entre Virgo y Escorpio solo puede surgir una gran pasión si Virgo se somete. Los de tu signo tienen la íntima necesidad de proyectarse a través de la posesión.

—Pero si nos acabamos de conocer… —A los escorpiones los tengo bien calados, ¿sabés? Vos y yo somos polos opuestos. No aceptás compromisos a largo plazo.

Querés vivir el hoy. Te gustan las relaciones apasionadas, ¡pero me vas a defraudar con tu fuego abrasador! —Lo de vivir el hoy es así, pero también me interesa el mañana.

Formar una familia, tener hijos… —Conmigo no, chiquito. Serás un padre agresivo, tu fuerza arrolladora nos destruirá a todos. Nuestras energías no son afines.

Yo tengo un amigo judío y un vecino morocho, pero nunca saldría con un tipo de escorpio.

Ahí es cuando pierdo la paciencia y les digo: —Soy muy tranquilo. Solo mato si me provocan.

—Y celoso, ¡me vas a volver loca con tus celos! —Otello procedió por mera conjetura. Yo solo actúo en base a evidencias contundentes.

—Y obsesivo… —Apenas algo detallista. Busco la simetría en todas las cosas.

Ahora que te miro bien, te sonreís más de un lado que de otro.

—¡Ahí tenés! ¡Carácter podrido! ¡Seguro de vos mismo! ¡Impulsivo! Adiós, primor, me espera el veterinario para castrar al gato.

Dicho lo cual, emprenden la retirada, alegres de haber confirmado la profecía que avizoraron dos minutos antes.

He llegado a mentir el signo que me atribuyen. Oculté mis documentos. Viví tres años en la China para cambiar de zodíaco.

Pero ahí me tocó ser chancho y me fue todavía peor que con el escorpión.

Tuve una luz de esperanza cuando descubrieron la nueva constelación de Ofiuco. Entonces pensé que iban a correr todos los signos, y que a mí me tocaría Sagitario. Pero siguen anunciando doce, como si nada hubiese sucedido.

Probé con los signos mayas pero ahí soy luna de serpiente y las devotas me tratan como a un reptil. ¡Ya no sé más qué hacer! Mi vida sexual es un auténtico desastre. Ninguna mujer me concede una segunda cita. Hasta presenté una denuncia por discriminación en el INADI, pero cuando vieron mi fecha de nacimiento me trataron como a una rata (del Abasto, no del horóscopo chino).

¡Este es un llamado a la solidaridad! Si no sos de escorpio y ya tenés esposa, novia, amiga con derecho a roce o amante ocasional, ¿no me alquilarías tu día y mes de nacimiento? Ni bien enganche algo te juro que te los devuelvo. Es solo por un tiempo. Pago puntual, al contado, e indexo según costo de vida.

 

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